Historia de la aviación y del avión
Muchos se sorprenden al conocer que este hombre fue el primero capaz de volar con un artefacto más pesado que el aire, manteniéndose en vuelo alrededor de diez minutos. Y lo hizo, además, más de mil años antes que los hermanos Wright, concretamente en el año 875. Pero, ¿quién fue Abbas Ibn Firnas?
Su nombre de nacimiento fue Abu al-Qāsim Abbās ibn Firnās y vino al mundo en el año 810 en los alrededores de la ciudad de Ronda (Málaga, España). Se sabe relativamente poco de su infancia, salvo que adquirió una extensa cultura y empezó a destacar en diversas disciplinas, lo que le condujo inexorablemente a la que en aquel momento era la ciudad más rica e influyente de Al-Andalus, Córdoba. Allí destacó como científico, inventor, poeta, filósofo, alquimista, músico y astrólogo hasta tal punto que recibió el sobrenombre de Hakim Al Andalus (el sabio de Al Andalus).
Una vez en Córdoba desarrolló extensamente sus facetas de conocimiento contribuyendo de forma significativa en el avance de las ciencias y las artes en las cortes de los emires al-Hakam (796-822), Abderramán II (822-852) y Muhammad I (852-886).
En el campo científico fue el primero en utilizar en toda la Península Ibérica, y probablemente en Europa, las tablas astronómicas de Sinhind, de origen hindú, que más tarde resultarían básicas en el desarrollo de la ciencia europea y se estudiarían en las universidades medievales como asignatura del Quadrivium (donde se integraban la música, la aritmética, la geometría y la astronomía).
Introdujo en el mundo occidental la técnica para tallar el cristal de roca e incluso desarrolló procedimientos de alquimia para crear cristales a partir de diferentes minerales.
Construyó para el emir de Córdoba una clepsidra (en árabe Al-Maqata-Maqata), un reloj complejo que utiliza agua como energía, a la que cierran o abren el paso una serie de válvulas y sirve para dar las horas en cualquier momento del día o de la noche, algo poco corriente en su época.
También desarrolló la primera esfera armilar (o astrolabio esférico) de Europa, utilizada para realizar cálculos y observaciones astronómicas aproximadas, orientando los círculos del instrumento según el plano de los círculos celestes.
Como ejemplo de su avanzado conocimiento astronómico, construyó en su residencia de Córdoba un planetario, articulado mecánicamente, que representaba la bóveda celeste. Incluso lo ambientó con efectos sonoros y visuales que simulaban los distintos meteoros: la tormenta, el rayo y el trueno.
En el contexto de la aeronáutica, Abbas Ibn Firnás es un referente extraordinario como precursor del paracaídas y por ser la primera persona que diseñó, construyó y probó con éxito artefactos que se podían mantener en el aire. Lo hizo seiscientos años antes de que Leonardo da Vinci desarrollara sus diseños de máquinas voladoras y más de mil años antes de que los hermanos Wright hicieran su famoso vuelo.
Su primer hito aeronáutico fue en el año 852, en el que saltó al vacío desde el alminar de la Mezquita de Córdoba utilizando una lona a modo de innovador paracaídas. Nunca se había intentado algo así. O, al menos, nadie pudo contarlo hasta aquella fecha. El resultado fue un descenso relativamente rápido, con un aterrizaje tosco y varios huesos rotos, pero con la firme convicción de que aquello podía funcionar. Este hecho se considera de forma generalizada como el uso del primer paracaídas de la historia.
Años más tarde, en 875, diseñó un planeador a base de madera y tela de seda (adornada con plumas de diversas aves) con el que se lanzó desde las colinas de la Ruzafa, cercanas a Córdoba. Seguro de que aquel ingenio funcionaría, había convocado a centenares de personas a lo largo del recorrido. También estaban presentes muchos miembros de la corte de Muhammad I, emir del califato andalusí. El resultado fue un vuelo sostenido aprovechando las corrientes de aire que duró entre dos y diez minutos (dependiendo de las crónicas que se tomen como referencia). Según parece, el control del artilugio fue bastante deficiente y fue posiblemente la causa del accidentado aterrizaje en el que se lastimó seriamente ambas piernas. Posteriormente atribuyó el problema a la necesidad de incorporar una cola al diseño de la aeronave. Con 65 años, muchos para su época, ya no volvió a intentarlo, pero se convirtió en el primer hombre en la historia que volaba con un artefacto más pesado que el aire… y podía contarlo.
Incluso tomando como referencia las cifras más exiguas sobre su vuelo, fue muy superior en tiempo y en distancia al que en 1903 hicieron los hermanos Wright.
El nombre de Abbas Ibn Firnas figura actualmente en aeropuertos, puentes, colinas, parques, avenidas y organismos científicos, especialmente en países con antecedentes bereberes, pero lo que sin duda quedará para la inmortalidad es que uno de los cráteres de la luna lleva asimismo su nombre.
Historia del avión
En la actualidad, se le considera el medio de transporte más seguro del mundo. También son máquinas voladoras terriblemente efectivas en conflictos bélicos, pero no siempre ha sido así.
Hoy en día, estás máquinas voladoras están equipadas con la última tecnología y en su diseño intervienen los mejores científicos e ingenieros del planeta.
Se atribuye al matemático y filósofo griego Arquitas de Tarento, amigo de Platón, la rara invención, hacia el año 400 a.C., de una paloma mecánica.
Según parece se mantenía en suspensión impulsada por una oculta corriente de aire que actuaba en su interior.
La paloma de Arquitas, es el precedente más antiguo existente acerca del avión y el vuelo de algo más pesado que el aire. Y, que nada tiene que ver con los míticos Dédalo e Ícaro. Pero experimentos de este tipo no tuvieron continuación en el mundo clásico.
En el año 1420, en pleno Renacimiento, el ingeniero y médico veneciano Giovanni Fontana diseñó un pájaro capaz de volar. Impulsado éste por un cohete oculto entre sus plumas artificiales.
Se trataba de un uso primitivo de la propulsión a reacción (avión a reacción), y fue un ingenio que causó gran sensación, como también la causaron otros.
Pero fueron raros experimentos dentro de la historia de los aviones, de los que hoy tenemos constancia gracias a que quedaron plasmados en dibujos y formulaciones teóricas de aspiraciones. Sueños que perviven en raros manuscritos.
Se podría considerar que el primer precursor del vuelo del hombre fue Leonardo da Vinci (1452-1519).
Acaso este inventor (entre muchas otras cosas) de la ciudad italiana de Florencia conoció estos precedentes cuando inventó la máquina voladora, que estaba concebida de tal forma que el piloto moviera las alas con las manos y los pies, y la cola con la cabeza.
Da Vinci, inventó una especie de helicóptero, con un ala en espiral que se “enroscaba” en el aire.
El principio era el mismo que el de los modernos helicópteros.
En el transcurso de casi tres siglos (hasta el XIX), no cesaron los intentos de volar llevados a cabo por toda clase de hombres valerosos y algunas veces fanáticos.
Éste es, en efecto, el período que separa a Leonardo de los primeros intentos serios para volar efectuados por la técnica moderna.
Como curiosidad, ya en esa época el hombre plasmaba en libros sus deseos de volar.
Como la estrambótica aventura del obispo inglés Francis Godwin (1562-1633) y su Speedy Messenger o su discurso The Man on the Moon, donde describe un viaje a la luna utilizando la fuerza propulsora de una bandada de gansos. ¡Era tan fácil volar con la fantasía…!
El primer diseño conocido de un aparato cuya finalidad fuera volar, lo hizo en 1670 el jesuita Francesco de Lana Terzi (1631-1687). Su artilugio, pretendía ser más ligero que el aire, en forma de nave impulsada por una vela.
Tenía el objetivo de flotar en el espacio mediante cuatro esferas de cobre de seis metros de diámetro a las que se habría practicado el vacío, y que avanzaría y se orientaría mediante remos. Aunque el principio era válido, este artilugio no hubiera funcionado por el efecto de la presión atmosférica.
Un siglo después, en 1766, el inglés Henry Cavendish (1731-1810) descubrió que el hidrógeno tenía una propiedad que lo hacía útil en experimentos donde se tratara de hacer despegar del suelo objetos más pesados que el aire: su escaso peso.
Ese fue el experimento que llevó a cabo Joseph Black (1728-1799) en la Universidad de Edimburgo, soltando ante sus alumnos una vejiga inflada con hidrógeno que rápidamente ascendió al techo.
La fuerza ascendente del hidrógeno estaba ya lo bastante demostrada cuando el italiano Tiberius Cavallo (1749-1809), que trabajaba en Reino Unido, hacía exhibiciones con pompas de jabón llenas de este gas, como describe en su History and Practice of Aerostation, en 1785.
De este científico, y del inglés Joseph Priestley (1733-1804) y sus Experiments and Observations of Different Kinds of Air, aprendió el francés Joseph-Michel Montgolfier (1740-1810) para insuflar en su globo de papel aire caliente.
Joseph y su hermano Jacques-Étienne Montgolfier (1745-1799) elevaron en junio de 1783 un globo sobre la ciudad de Annonay, dejando a sus convecinos realmente anonadados.
En septiembre de aquel mismo año, los intrépidos hermanos consiguieron en presencia de Luis XVI y de María Antonieta, elevar un globo.
En cuya canastilla viajaban un gallo, un pato y un cordero, que tras recorrer una distancia de dos kilómetros y medio lograron aterrizar. Este éxito era, sin duda, el origen de los dirigibles.
El paso siguiente fue la invención del planeador. Un ingenio creado en 1799 por George Cayley (1773-1857), ingeniero británico y que es considerado por sus estudios sobre el tema como el padre de la aerodinámica.
Los planeadores eran unos artefactos capaces de mantenerse “flotando” o sustentados en el aire durante un cierto tiempo aprovechando las corrientes ascendentes de aire caliente. Pero no podían despegar por sí mismos, al carecer de motor, debían ser arrastrados en su “despegue” por caballos o lanzados desde un punto elevado.
El primer hombre en volar en un planeador fue el cochero y ayudante de George Cayley, tripulante de un planeador construido por este científico británico. Un artefacto que aterrizaba mediante un juego de ruedas con radios de alambre.
A bordo de aquel artilugio el aterrado personaje se convirtió en el primer hombre que volaba. Cosa que hizo sobre los alrededores de Scarborough, en el Yorkshire inglés un día de 1853.
G.Cayley especificó y puso las bases para el diseño de un aeroplano e ideó un aparato de alas fijas dotado de fuselaje, cola y timón y accionado por motor. Realizó los primeros estudios en estabilidad longitudinal y lateral, en aerodinamicidad y en cuestiones relativas al movimiento del centro de gravedad, ocupándose también de la superposición de alas o triplanos.
Fue el primero en ver la necesidad de principios básicos para la aeronáutica: suspensión, fuerza motriz para vencer la resistencia del aire y control en vuelo, a cuyo fin fabricó un motor de combustión interna que funcionaba con explosiones de pólvora, aunque no lo suficientemente ligero ni con potencia bastante para ser incorporado a un aeroplano.
Otto Lilienthal (1848-1896), decidió aprovechar el viento y las corrientes de aire naturales con una especie de aparato que debía ser lanzado desde lo alto de una colina.
Los experimentos de Lilienthal se sucedieron con éxito durante varios años, y gracias a sus estudios la aeronáutica recibió un impulso tal que la convirtió en una ciencia exacta.
Algo fundamental para entender el origen de los aviones, pero Lilienthal experimentaba personalmente sus aparatos y, lamentablemente, perdió la vida el 9 de agosto de 1896 en uno de sus vuelos tras lanzarse desde las montañas Stollier, cerca de Rhinow. En el momento del accidente, ya había realizado un centenar de lanzamientos.
Conseguía el control de su planeador inclinando el cuerpo de delante hacia atrás o de uno a otro lado a bordo de monoplanos y biplanos, pero su finalidad era deportiva.
Dejó escrito un libro acerca del vuelo de los pájaros: Der Vogelflug als Grundlage der Fliegekunst (1889), tenido entonces por una especie de Biblia, y un trabajo excelente sobre máquinas voladoras.
Los intentos por realizar lo que hasta el siglo XIX, fuera pura fantasía estaban próximos a plasmarse en un asomo de realidad, dando un paso definitivo dentro de la historia de la aviación. Estamos a punto de conocer la invención del primer avión.
By Mariluz Gallegos Zumaeta